Alma Felina
Las mujeres de mi vida aman los gatos, todas por alguna razón extraña han tenido al menos uno en su vida, mi madre tenía su gato negro como la noche con dos lunas amarillas en los ojos, ambos buscaban cobijo juntos, pasó sus últimos días a su lado, lamentó su muerte, el animal se consumió cuando ella partió, mis hermanas ambas han disfrutado del amor tan independiente que los gatos dan, a una le sirvió de terapia y consuelo, esa gata arena con manchas de noche que sufrió con ella desvelos, angustias y preocupaciones, a la otra le ha servido de compañía, de apoyo, de calma en blanco y negro como buena película antigua, aquella que hundió el puñal en mi espalda y me traicionó tenía un gato tan gris como ella, un gato grande, robusto con muchas cicatrices de luchas que había llevado en vano, mi mejor amiga tiene un gato, le consuela, le acompaña, le ama, le mira cuando se derrumba, le sostiene el alma, cuando yo no puedo. La mujer que amo tiene un gato duerme con ella, me gusta imaginar que el gato pasea libre con su andar elegante por todo su cuarto, que se posa en la ventana con sus ojos de misterio, observando sin mucho interés como pasa el tiempo, le espera con paciencia hasta que llega para recorrer sus piernas dando pequeños maullidos de amor, justo así como a muchos nos gustaría recorrerlas… Las mujeres de mi vida tienen alma felina: ibre, misteriosa, fiera, mirada segura, lealtad inquebrantable, y siempre caen de pie sin importar la altura.
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